Dayana + Juan Diego

Dayana + Juan Diego

Los parasiempre suenan utópicos, irreales. Ellos creen más en un amor que se encuentra todos los días, que dura lo que estén dispuestos a abrazarlo. En ese universo que se han encargado de tejer, se ven cogidos de la mano hasta viejitos, con un atardecer que les aclare la mirada; siendo honestos, nobles, derrumbando obstáculos, cuidándose entre sí, tal como lo hacen los elefantes.

UNA CITA ARREGLADA

Nadie olvida la primera cita, tampoco Dayana y Juan Diego. ¿Cómo no recordarla? Si fue planeada por Natalia, una amiga en común, si se suponía que sería una comida tranquila, una velada grata, donde se conocerían (él, negociador internacional, inmerso en el mundo de los eventos, apasionado por la bebida artesanal, tanto que imagina festivales de cerveza y los hace posibles; un idealista y además un creador, espontáneo, que fluye con lo que la vida le va trayendo. Ella, médica internista, cuadriculada, meticulosa, apegada a la norma, también soñadora, risueña…). Cómo no recordar aquella noche, si terminó siendo un regaño (casi histérico) —cuenta él riéndose— por parte de ella sobre temas de salud, urgencias, enfermedades… si terminó siendo una cita muy alejada de lo que cualquiera se imagina que es una.

Sin embargo, Juan Diego volvió a llamarla y lo que fue una cita atípica se fue convirtiendo, poco a poco, en un gusto fuerte, en un beso genuino, en un abrazo de amparo, en un amor cálido y tranquilo. No fue un noviazgo común, los estudios de ella le exigían mucho tiempo y energía. Cuando salían, ella estaba tan cansada que solo quería dormir, pero siempre se las ingeniaron para tener una buena conversación, para estrechar cada vez más la conexión evidente que surgió entre ellos. Se prometieron, cuando ella se graduó, disfrutar en demasía ese tiempo que les hizo falta y entonces recibieron en su casa a muchos amigos, hicieron asados, brindaron con ginebra y viajaron juntos: Mompox, Barichara, Villa de Leyva, San Andrés, el desierto de la Tatacoa, Río Cedro y —por segunda vez— a California, para recordar ese roadtrip que les había despeinado el alma.

SAN DIEGO, CALIFORNIA Y UN SOL VERDE

Esta vez, la segunda vez, viajaron con varios amigos al festival Coachella, pero llegaron una semana antes para recorrer las calles de San Diego. Un amigo de él los llevó a conocer una reserva natural, les aseguró que era un lugar muy especial porque cuando atardecía el sol se tornaba verde. ¿Verde? Preguntaba ella, ¡qué va! Sí, verde, por eso es tan famosa esta reserva, por eso tan particular, por eso tan única…

Dos días después, anduvieron las calles y varios bares, Juan Diego tomó una, dos, muuuuchas cervezas (por los nervios, por las ansias) y Dayana ninguna (por el guayabo del día anterior). Cuando el atardecer iba a dar su espectáculo estaban otra vez allá, en la reserva particular-famosa-especial-única, los dos solos, dentro de una cueva viendo caer el sol de primavera. ¿Hoy sí vamos a ver el sol verde?, le preguntó él y justo cuando estaba ocultándose, le mostró una esmeralda puesta sobre una especie de rama envuelta de oro: un anillo propio de Capa, un anillo que les recordaba el cariño que le tienen a los árboles, a la naturaleza, a los viajes exploradores. Un poco de ojos acuosos y una sonrisa de toda la cara y también un… este amor va a durar lo que nosotros lo cuidemos, ¿hasta cuándo vamos a estar juntos? Hasta que estemos viejitos.

Por supuesto el sol no se hizo verde, pero brilló, como los ojos de ellos, como la esmeralda de un amor, como el cielo mostrando su esplendor.

HACER EQUIPO

En la colección de mejores viajes quedó guardado el de California. El paseo dejó una estela de felicidad tan grande que fue el aliciente para planear la celebración que querían. ¿Qué se soñaban, qué imaginaban, por dónde empezar? Cuando lo conversaron, aparecieron dos universos no-negociables-nunca: para él, la música, la buena música, es decir, una gran banda y un gran dj. Para ella, un bosque. Con esos dos horizontes claros comenzó lo demás.

Si Juan Diego está acostumbrado a organizar eventos de cinco mil personas, ¿cómo es que uno de cien le iba a quedar grande? No contratarían wedding planner, harían todo entre los dos. Mientras los días pasaban, las personalidades de los dos se encontraron de frente. Él quería dejar algunos asuntos para después, no los sentía inmediatos y ella, en cambio, quería todo para ya. Y esta relación, que es de consensos y diálogo, llegó a un acuerdo: contratar a Flores de Abril.

Eso sí, tendrían ayuda, pero no faltarían ni a una sola reunión. Irían siempre juntos, como el equipo que son, opinarían ambos, elegirían los dos. Muchas pruebas de comida, de decoración y, sobre todo, una búsqueda minuciosa para encontrar a la fotógrafa que querían y al bosque que los maravillara. Fueron a Caldas, a Santa Elena y también a varios lugares tradicionales. ¿Dónde estaba el bosque que querían, que se imaginaban? Con agua, con árboles milenarios y tupidos, con el cielo de techo… Y de pronto, todo se iluminó. Llegaron a ese lugar conocido por muchos, pero explorado por pocos; tan rural, tan puro como lo anhelaron, tan parecido a sus esencias: el parque Los Salados, en El Retiro.

También encontraron a la fotógrafa que querían y fue empatía mutua inmediata. "Desde que los conocí fue un clic muy cañón, siento que ellos lo tienen todo… Un día antes fuimos a hacer un ensayo para que en el matri todo fuera perfecto, tal y como ellos lo habían soñado. Llegué, me bajé en ese lugar y ¡PUUM! se instaló una vibra en mí, me sentí en familia… Dayana se subió en una pequeña balsa con su papá para poder empezar a controlar los nervios que sentía y todos los demás estábamos esperándolos. A su llegada ya sentíamos esa emoción y Dayana y Juan Diego nunca, nunca, quitaban esa cara de bobos el uno por el otro. Yo solo pensaba que si ese era el ensayo no podía esperar a ver lo que sucedería al día siguiente”, cuenta la fotógrafa mexicana Gaby Muro cuando se le pregunta por lo que vivió al lado de este par.

En la planeación también decidieron lo sustancial: sería una fiesta de sabores, con mucha comida, con las bebidas y postres favoritos de los dos en la que no podían faltar los brownies y el arequipe. Una fiesta entre amigos y familia, desenvuelta y alegre. Una tarde emotiva y una noche feliz, así sería ese 29 de febrero.

UN VESTIDO O MEJOR DOS

Volvemos a California, porque fue en ese viaje donde Dayana compró su primer vestido. San Francisco fue la última parada. Parquearon el carro justo en la esquina de esa tienda: la vida se puede ver como si todo fuera una señal para mostrarte el camino o como si nada estuviera dispuesto a hacerte feliz. Era una calle repleta de tiendas hippies, pero la de esa esquina tenía un encanto especial. Vendían trajes, prendas y accesorios clasificados por épocas. Dayana entró y se midió varios vestidos para un matrimonio que tenía pronto. Mientras estaba en el vestier, una de sus amigas le pasó uno blanco, de lentejuelas, de los años 20. No habían empezado a planear nada, no sabían muy bien cómo sería la ceremonia, ni siquiera habían enviado invitaciones, pero la novia ya tenía vestido. Ellos prefieren pensar que la vida siempre les está mostrando una señal para hacerlos felices.

El segundo vestido lo buscó en muchos lugares. Tenía la imagen de él grabada en su mente: boho, de mangas largas, de espalda descubierta. Un vestido fluido, que se dejara mover por el viento. Fue a Blanco Historias y Vestidos con su mamá, su prima (la madrina) y su mejor amiga y se midió varios de una nueva colección recién llegada. Y lo encontró: boho, con mangas largas y amplias, de espalda descubierta, liviano y fluido ¡y con flecos! Como desde pequeña le encantan los accesorios para la cabeza, complementó su look con un sombrero vino tinto que le regaló su papá. Las botas texanas las usó para ambos looks y a la segunda pinta (el vestido de California) le agregó una chaqueta de jean que intervino Bryan Sánchez, un artista plástico que admira mucho.

Juan Diego visitó dos diseñadores y al final eligió a Alado. Se sintió cómodo con él, respaldado, guiado. ¿Qué buscaba, qué se imaginaba, cómo se vería? No tenía alguna idea. Quería estar cómodo, quería sentirse él mismo, quería estar vestido con su personalidad. Alejandro, el diseñador, comenzó a leer y a interpretar esa esencia que fluye, que no se estanca, que arrasa… comenzó a notar que Juan Diego tenía toda la fuerza para llevar un sombrero y al principio él no sabía que Dayana tendría uno, pero después sí y cuando se enteró le contó a Alejandro y le dijo que dejaran la idea quieta: era ella la que tenía que brillar más. Pero el diseñador se negó, el novio también es una figura igual de importante, también se tiene que lucir. A la final, el sombrero que llevó él fue un regalo por parte de Alejandro; quien fue capaz de convertir los gustos en un atuendo llamativo, exclusivo y auténtico: un pantalón de lino beige, camisa blanca, chaleco azul con textura, saco vino tinto estampado con lúpulos (la enredadera que le da el sabor a la cerveza) y sombrero y corbatín cafés.

INVITACIÓN A UN BOSQUE

Hacemos otro salto para regresar a la planeación, a ese proceso íntimo y a la vez conjunto que hicieron. Llegó el momento de contarles a sus amigos, a sus familias que celebrarían ese amor bonito, ese amor en calma. ¿Qué hacer para que no fueran una pérdida de papel? ¿Para que cinco minutos después de entregarlas, no estuvieran todas en la basura? Hicieron que las invitaciones fueran, al mismo tiempo, recordatorios: mini velas puestas en unos tronquitos con la tarjeta encajada en la madera (que después podían quitar y usar como portarretratos). El lenguaje gráfico, el material que usaron y los mismos textos, hablaban de una celebración en el bosque, con un dresscode cómodo e informal y les recordaba a los invitados que llevaran las velitas ese día.

29 DE FEBRERO DE 2020

Nadie olvida esta fecha. Un año bisiesto, una particularidad que ocurre cada cuatro años. Encajaba con exactitud con ellos dos y no dudaron en elegir ese día como su sello. Se arreglaron en un hotel, él en una habitación y ella en otra; rodeados de sus personas más cercanas, con los nervios atravesándoles la piel, con la sonrisa inquieta y amplia. Cuando llegaron a Los Salados, Juan Diego la estaba esperando en el muelle de esa reserva ancha y encantadora.

Dayana caminó hacía él, con su ramo de flores coloridas, con su vestido boho y libre, con sus ojos chinitos de emoción. Cuando por fin se vieron, cuando por fin se abrazaron, cuando por fin se besaron, sucedió precisamente eso: que los ojos, que las manos, que las risas hablaron. Que las miradas se alegraron, que la vida completa tomó sentido justo ahí, en ese instante.

UN AMOR DE FUEGO, AIRE, AGUA Y TIERRA

En un divertido trencito, comiendo mango biche y tomando cerveza, así llegaron los invitados a la ceremonia. El bosque por sí solo es mágico, pero los tapetes, las velas, los plumones, los tronquitos de madera, el follaje y el árbol con fotos de los dos, agregado por María Antonia, de Flores de Abril, lo convirtieron en un escenario surreal. El amor en detalles. Cuando las personas se bajaban de ese trencito colorido los recibía Juan Diego abrazándolos y todos, sin excepción, estuvieron en el mismo ánimo alegre, de fiesta, de compañía.

Con todos los invitados sentados en las bancas rústicas, entró Juan Diego mientras la Filarmónica Metropolitana tocaba Ojos color sol, de Calle Trece. Al fondo se veía a Dayana, dentro de un botecito que recorría la represa y cuando comenzó a caminar la orquesta hizo que sonara Lacth, de Disclosure, y Could you be love, de Bob Marley. Otra vez, juntos de nuevo, tomándose las manos, con ojos chinitos de felicidad, rodeados por árboles milenarios que guardan tanto viento dentro, que ahora guardarían su amor.

También serían testigos, como todos los que estaban allí acompañándolos, del ritual (de los elementos) por el que decidieron unir sus vidas. Un ritual que le hacía honor a la naturaleza, a esa misma que llevan dentro: fuego, aire, agua y tierra. Fueron sus amigos más cercanos y sus padres quienes le dieron rumbo a ese momento con sus palabras emotivas y poderosas.

La ceremonia empezó con el fuego. Sus mejores amigos les entregaron dos velones mientras los demás invitados prendieron las velitas (las invitaciones) y entonces, el lugar se iluminó aún más. Y las palabras de Nana se esparcieron, fuertes, como el fuego: "Fuego para la fuerza y canela para la pasión. Usado como simbolismo de la fidelidad entre los amantes y de la amistad. Se dice que la cáscara de la naranja otorga la alegría de los ángeles. Los chinos la han considerado durante mucho tiempo símbolo de la suerte y de la buena fortuna. Es todo lo que les deseo en este camino, la fuerza del fuego, la pasión de la canela y la alegría eterna de la naranja. Los amo”.

Las emociones se ablandaron, el corazón bailó, los ojos —de ellos y de todos— empezaron a mostrarse brillantes, por las lágrimas, por la alegría. Y en cada momento, en cada elemento, la Filarmónica tocó una pieza instrumental que estuviera estrechamente ligada con eso que estaban viviendo. Por eso, cuando llegó el aire y todos hicieron un ejercicio de respiración, de presencia interior, la música sonó tranquila, pausada, etérea.

Entre música, palabras y el viento de ese bosque, llegaron el agua y la tierra. Como símbolo de estos dos elementos, Manu y Alca les entregaron una planta. Ella, Dayana, representó la tierra, los pies, la raíz de la relación; él fue el agua, quien fluye, quien circula naturalmente. Llegó el momento, entonces, de sembrar y regar, porque como lo dijo Manuela: “el amor es como esta matica. El día que no se riega, se muere, pero con agüita, abono y buen aire, fijo, fijo florece”.

También leyó uno de los discursos más emotivos: “Jugábamos juntas aún antes de que nacieras. La barriga de Merce era el centro de mi atención, como si ya supiéramos que una vez salieras de ahí íbamos a ser inseparables. Te he vistocrecer y más que verte hemos crecido de la mano. Una verdadera sister from another mister. Jugamos a las muñecas, nos hicimos maldades, corríamos por esos corredores de Yarumal sin entender mucho por qué la vida nos había puesto juntas. Y es que ya lo entiendo, esto no es solo de ahora, veníamos juntas desde siempre. Un día, cuando tenías solo once o doce años en uno de los momentos más complejos de tu vida llegaste a mi casa. Ivanoa va a estar aquí por algún tiempo y va a empezar a ir a tu colegio, me dijeron. Ninguna de las dos entendía muy bien lo que pasaba, pero hoy agradezco al universo porque esa situación difícil hizo que entre nosotras se forjara un lazo mucho más fuerte. ¡Yo estaba feliz de tener una hermana en el colegio! Y la vida siguió de la mano, era yo quien te hacía los cuartos para salir y juntas fumamos por primera vez. Nos hicimos cómplices, almas gemelas, apoyo. Y como una planta que se riega y se abona, nuestra amistad se ha ido cargando de recuerdos, de sonrisas, de lágrimas, de historias. Un día me contaste que estabas saliendo con alguien, pero que no era tu novio... y pasaba el tiempo y en tu rudeza aparente yo no entendía muy bien qué pasaba con el que no era tu novio, hasta que… ¡ups! Un día te fuiste a vivir con él y entendimos que iba en serio. Y juro que nunca, nunca, nunca te he visto tan feliz, tan tranquila, tan plácida. Han construido ustedes dos, Juandi y Noa, una familia alrededor de sonrisas, fiestas, viajes y comida rica. Los veo y sé que son felices y que esa felicidad es un camino que apenas empieza. Ámense como si no hubiera mañana, bésense todo lo que puedan, sorpréndanse y disfrútense alrededor de una buena cerveza o de una copa de vino”.

Y como el agua, que insiste en no estancarse nunca, las emociones rodaron. Carcajadas por momentos acompañadas de lágrimas, de abrazos, de fotos, de dedos cruzados para que ese día se extendiera, durara más, se hiciera eterno. Fue el turno, entonces, para Alca: “Este man es un bacán, no ha hecho sino fluir y fluir, como el agua, desde que lo conozco; no solo fluye; fluye y arrasa. Por noble, por bueno. No hace falta ahondar, acá saben lo buen tipo que es. La pelada es pura estabilidad y razón, firmeza y corazón. Es tierra para que aquel que fluya, lo haga con certeza y gracia. Esa agua y esa tierra, juntos, multiplican su existencia y crean vida juntos, una vida donde la fluidez y la firmeza deben ir de la mano siempre, acompañando lo que cosechan. Que esa vida siga el camino de amor que siempre han seguido. Con el alma los abrazo, siempre”.

Eso es lo que sienten Dayana y Juan Diego cuando recuerdan aquel 29 de febrero: que todos los que estuvieron los siguen abrazando. Que Anita, quien les regaló la planta de la prosperidad, esa planta de la que se alimentan los elefantes, esos elefantes que tienen tatuados (ella en el brazo y él en la pierna) también los abraza. Y los abrazan también, sus propias palabras, sus votos, ese amor grande y sincero que han construido.

Hace 10 meses me preguntaste si íbamos a estar juntos hasta viejitos y hoy te repito sí, pero esta vez con la gente que más queremos de testigo, te digo que vamos no solo a estar juntos, sino que vamos a ser felices hasta viejitos, vamos a recorrer caminos, a disfrutar lugares y vamos a hacer florecer la trocha cuando el camino se ponga pesado. Fue con Sabina que descubrí ese amor a medida, ese amor que no es perfecto pero que se instaló para siempre en mi vida, le dijo ella.

Amo tu transparencia, aunque a veces seas ya muy transparente y me haces pasar penas ajenas. La solidaridad que tienes, el sentido de la protección con todas las personas; es indudable que viniste a esta vida a ayudar… Los votos tradicionalmente son para prometer, pero yo hoy quiero es agradecer, agradecer a la vida por encontrarnos y permitirnos hacer una vida juntos, porque en estos años que hemos vivido juntos solo he disfrutado cada momento y he aprendido muchas cosas de ti, agradezco porque somos una familia que nos apoyamos y nos complementamos en todos los momentos, porque aunque cantar no es tu fuerte, cuando cantas y bailas por la mañana me hace levantar con más alegría, porque cuando estoy frustrado y desesperado por cosas del trabajo me levantas con frases sabias, le dijo él.

Y entre los dos brindaron con Jagger, para que todos supieran que ese amor equilibrado, donde ninguno le suma más o le resta menos a la balanza, ese amor a la medida que canta Sabina, estaba más vivo que siempre, más feliz que cualquier día, más exacto que la ciencia.

UNA FIESTA MUY ELLOS

Después de tanto corazón, vino mucho baile. La fiesta fue debajo de una carpa transparente de 12x12, donde la comida estuvo dispuesta por estaciones: una de chicharrón y papa criolla, una mexicana, una de choripanes, una de ceviches, una de helados y una de obleas, brownies y galletas. También había un bar con todos los tragos y cocteles muy variados, pero los principales fueron la ginebra (trago preferido de ella) y la cerveza artesanal (trago preferido de él).

No había horario, ni programaciones, la gente comía y tomaba cuando quisiera. Tampoco hubo lista de puestos, cada quien se sentó con la compañía que eligió. Desde el minuto uno, The Lords, una banda de jazz acústico, ambientó los ánimos que después, dj Batick se encargó de subir a tope con las muchas listas de música que Juan le había entregado.

Y aunque Dayana se enfermó y vomitó (sin siquiera probar un coctel ni un choripan) y sus amigos médicos terminaron canalizándola, aunque iba y venía a la fiesta y no llegó al final, fue feliz. Y él también. Ese 29 de febrero, de un año bisiesto, los dos recordaron lo que canta Sabina: no hay nada mejor que encontrar un amor a medida.

. . .

Dayana y Juan Diego: ¿hasta cuándo dura el amor? ¿de qué material están hechas las personas que se mantienen juntas en el tiempo? Que el sol verde, los atardeceres de California, las buenas conversaciones, la música y la energía de ese bosque los lleven de la mano hasta viejitos. ¡Salud!

...lo que fue una cita atípica se fue convirtiendo, poco a poco, en un gusto fuerte, en un beso genuino, en un abrazo de amparo, en un amor cálido y tranquilo
Fotos: Gaby Muro Arteaga.
Se arreglaron en un hotel, él en una habitación y ella en otra; rodeados de sus personas más cercanas, con los nervios atravesándoles la piel, con la sonrisa inquieta y amplia
...boho, con mangas largas y amplias, de espalda descubierta, liviano y fluido ¡y con flecos! Como desde pequeña le encantan los accesorios para la cabeza, complementó su look con un sombrero vino tinto que le regaló su papá
Cuando por fin se vieron, cuando por fin se abrazaron, cuando por fin se besaron, sucedió precisamente eso: que los ojos, que las manos, que las risas hablaron. Que las miradas se alegraron, que la vida completa tomó sentido justo ahí, en ese instante
...una celebración en el bosque, con un dresscode cómodo e informal
En un divertido trencito, comiendo mango biche y tomando cerveza, así llegaron los invitados a la ceremonia. Cuando las personas se bajaban de ese trencito colorido los recibía Juan Diego abrazándolos y todos, sin excepción, estuvieron en el mismo ánimo alegre, de fiesta, de compañía
También serían testigos, como todos los que estaban allí acompañándolos, del ritual (de los elementos) por el que decidieron unir sus vidas. Un ritual que le hacía honor a la naturaleza, a esa misma que llevan dentro: fuego, aire, agua y tierra
Y entre los dos brindaron con Jagger, para que todos supieran que ese amor equilibrado, donde ninguno le suma más o le resta menos a la balanza, ese amor a la medida que canta Sabina, estaba más vivo que siempre, más feliz que cualquier día, más exacto que la ciencia
Después de tanto corazón, vino mucho baile
Y aunque Dayana se enfermó y vomitó (sin siquiera probar un coctel ni un choripan) y sus amigos médicos terminaron canalizándola, aunque iba y venía a la fiesta y no llegó al final, fue feliz
A la segunda pinta (el vestido de California) le agregó una chaqueta de jean que intervino Bryan Sánchez, un artista plástico que admira mucho
29 de febrero de 2020. Nadie olvida esta fecha. Un año bisiesto, una particularidad que ocurre cada cuatro años. Encajaba con exactitud con ellos dos y no dudaron en elegir ese día como su sello

CRÉDITOS

  • Lugar: Parque Los Salados, El Retiro.
  • Wedding planner: Flores de Abril.
  • Fotografía: Gaby Muro Arteaga.
  • Video: Repo Camera.
  • Vestido de la novia: Blanco Historias y Vestidos - Paula Logreira.
  • Zapatos de la novia: Lola Relola.
  • Accesorios de la novia: Aretas: Filigrana Mompox - Sombrero: Lina Osorio.
  • Maquillaje y peinado: Mandrea.
  • Traje y zapatos del novio: Alado.
  • Decoración y ramo: Flores de Abril.
  • Comida: El Social, Frenesí Choripanes, Guadalupe Comida mexicana.
  • Postres: Ciervos y Margaritas, Cookies Place.
  • Invitaciones: De viento y papel.
  • Anillos: Capa Joyería.
  • Música: Filarmónica Metropolitana, The Lords Música, Dj Bastick, UV Producciones.
  • Cerveza: La Toma Cervecera.

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